NOSOTRAS

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Arte:Susana Khabbaz

sábado, 15 de noviembre de 2008

Leonora Carrington





LA ARCAICA ACTUALIDAD DE LEONORA CARRINGTON

por Mariano Flores Castro
Susan L. Aberth, Leonora Carrington: surrealismo, alquimia y arte, Traducción de José Adrián Vitier. CONACULTA-Turner, México, 2004.


La próxima gran revolución de la humanidad no será científica ni tecnológica sino espiritual, afirma un creciente número de sabios, artistas y escritores de todas las latitudes del planeta. Pero tendrá enormes obstáculos por vencer, como la inercia ideológica que, bajo el influjo de cierto positivismo trasnochado y veladamente inquisitorial, rechaza todo aquello que sea inclasificable o inverificable por métodos científicos. Tanto el materialismo dialéctico como el capitalismo anteponen la razón y la lógica a las posibilidades de la magia, la espiritualidad y las poéticas alternativas, considerándolas tan sólo arcaicas maneras de explorar lo sobrenatural y lo fantástico mediante lenguajes primitivos e irracionales. Si la revolución en ciernes llega a su apogeo, Leonora Carrington será reivindicada como uno de sus iconos precursores, una suerte de adelantada que vislumbró desde niña y asumió de adulta los poderes derivados de una manera radicalmente distinta de pensar, de vivir y de crear. Ése es el signo distintivo de su videncia. Ése es su alcance hasta el arte actual, que ya no mira sólo al objeto, sino también al misterio que subyace a toda materialidad. En este sentido, el libro de Susan L. Aberth, Leonora Carrington, surrealismo, alquimia y arte, es oportuno y atiza la pasión por la vida y la obra de nuestra artista.
Que en 1937 una muchacha inglesa de familia rica y convencional dejara el hogar para seguir a un pintor mucho mayor que ella (Max Ernst, de 46 años), era un verdadero acto de rebeldía intolerable. En ese acto Leonora cifró uno de los primeros rasgos de su diferencia existencial respecto a los cánones de una sociedad británica hipócrita y aburrida. Se marchó a París y su destino como artista se definió conforme fue conquistando un lugar entre los surrealistas franceses, que la acogieron primero como una mujer-niña-musa y luego como una femme sorcière. Acogida, mas no cooptada ni convertida en una musa que lavara los trastes de los “genios” en turno. Su vigor intelectual, su libertad y su capacidad creativa evitaron que la engullera el grupo encabezado por Breton. Estamos acostumbrados a leer la historia del arte del siglo XX sin objetar palabra, donde se nos asegura que los grandes pintores surrealistas fueron Magritte, Masson, Ernst, Delvaux, Miró, Tanguy y Dalí. Es tiempo de corregir esa postura, tan misógina como estéticamente miope. La gran figura internacional del surrealismo ha sido Leonora Carrington y aunque más de un académico arqueará la ceja en gesto desaprobatorio, estoy convencido de que a la postre se aceptará esta visión, por iconoclasta que parezca.



El libro de Aberth viene a confirmar la convicción de quienes vemos en esta creadora a una descendiente de la estirpe de Raymundo Lulio, Leonardo da Vinci y William Blake, entre otros pensadores, artistas y poetas independientes e inconformistas surgidos del medioevo a nuestros días. Lulio intentó unificar todas las ramas del conocimiento, fue un conocedor del misticismo sufi y admiró el espíritu contemplativo del Oriente. Respecto a Leonardo, poco puede añadirse sobre su conocido interés por la alquimia y las ciencias ocultas. Y baste recordar que Blake es el autor de Todas las religiones son una y El matrimonio del cielo y el infierno. Los tres experimentaron visiones extrañas y tienen muchas cosas en común con Leonora, como el peso del catolicismo y sus martirologios, y un espíritu difícil de contentar. Leonora, además, ha investigado la mística de los monjes tibetanos a través de los textos de Alexandra David-Neel, y el ocultismo promovido por Kurt Seligmann, autor de una Historia de la Magia que la influyó determinantemente. Ello explica en parte su esoterismo, su vivo interés por la diversidad cultural del mundo y su asimilación de lenguajes plásticos y poéticos a menudo ajenos a la tradición de Occidente.
Whitney Chadwick ha escrito: “Los cuadros más recientes de Carrington dependen de un vibrante metalenguaje para vencer las limitaciones del espacio y el tiempo lineales y comunicar la interdependencia de todos los aspectos del mundo fenoménico”. Cierto, y lo ha hecho obsedida por la exploración minuciosa de su oficio y sus posibilidades. Gracias a los consejos de Ozenfant y, sobre todo, a la observación de las obras maestras del Renacimiento italiano, Leonora adquirió el poder que da la cocina pictórica, y afirma: “Lo que necesitaba era técnica. No ideas. De ésas todo el mundo tiene. La técnica, en cambio, es algo que se aprende. Por eso me dediqué a estudiar las fórmulas de la pintura.” En este arte, como en el chamanismo y en la poesía, la virtud se adquiere de maestros que han trascendido los efímeros relámpagos de la inspiración y que están ligados a saberes (secretos) transmitidos de generación en generación. Pueden orientarse a la innovación y la experimentación, pero su sentido profundo es continuar una larga tradición reveladora de mundos que se ocultan bajo lo conocido real y que esperan ser (re)creados por seres altamente revolucionados. En el caso de Leonora, se trata de mundos poblados de personajes híbridos, zoologías y floras imaginarias, paisajes oníricos y escenarios del subconsciente, laberintos recorridos por perros y caballos, salamandras y toros, brujas y jabalíes y huevos mágicos que van conformando la propuesta singular de una artista y escritora que sonríe ante los dogmas de este tiempo de imaginación atrofiada y supuestamente seguro bajo el techo de sus vanas convicciones. De ahí la importancia del libro de Aberth, un intento serio por situar a Carrington en el lugar que se merece entre los más importantes artistas contemporáneos.
Ciertamente, el texto de Aberth es magistral. Esta doctora en Historia del Arte por la City University de Nueva York, ha sabido leer —en el sentido chino de apreciar la pintura de un artista— las imágenes que ratifican a Leonora Carrington como una maga superior, una demiurga de universos y lenguajes originales, inquietantes, sin concesiones a la vulgaridad del raciocinio autocomplaciente de quienes se creen poseedores de verdades inmutables.



Leonora Carrington
De Wikipedia,

Leonora Carrington (6 de abril de 1917) es una pintora surrealista y escritora mexicana de origen inglés.


Biografía

Nace el 6 de abril de 1917 en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra. En el año 1936 ingresa en la academia Ozenfant de arte, en la ciudad de Londres. Al año siguiente conoce a quien la introdujo indirectamente en el movimiento surrealista: el pintor alemán Max Ernst, a quien vuelve a encontrar de nuevo en un viaje a París y con quien no tarda en establecer una relación sentimental. Durante su estancia en esa ciudad entra en contacto con el movimiento surrealista y convive con personajes notables del movimiento como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como por ejemplo el pintor Pablo Picasso y Salvador Dalí.

En 1938 escribe una obra de cuentos titulada "La casa del miedo" y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Previamente a la ocupación nazi de Francia, varios de los pintores del movimiento surrealista, incluyendo a Leonora Carrington se vuelven colaboradores activos del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas. Al acercarse la guerra entre Francia y Alemania, el arresto en 1939 de Max Ernst por parte de las autoridades francesas, causa en la pintora un episodio de depresión nerviosa, del cual se restablece rápidamente, sólo para verse obligada a huir a España, ante la inexorable invasión nazi.

En España sufre otro colapso nervioso, que causa su internamiento en un hospital psiquiátrico de Santander. De este período la pintora guardará una marca indeleble, que afectará de manera decisiva su obra posterior.

En 1941 escapa del hospital y arriba a la ciudad de Lisboa, donde encuentra refugio en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, quien terminará ayudándola a emigrar. Ese mismo año contraen matrimonio y Leonora viaja a Nueva York. En 1942 emigra a México y en 1943 se divorcia de Renato Leduc.

En México, la pintora reestablece sus lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encuentran en ese país, tales como André Breton, Benjamín Peret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo, con quien mantendrá una amistad particularmente duradera.

Obra

* La Casa del Miedo
* Una camisa de dormir de franela
* El Mundo Mágico de Los Mayas
* La Señora Oval: Historias Surrealistas
* La Trompeta acústica
* La Puerta De piedra
* El Séptimo Caballo y Otros C
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