NOSOTRAS

NOSOTRAS
Arte:Susana Khabbaz

viernes, 25 de marzo de 2016

Ana Catalina Emmerich, mística y visionaria.





Después de mucho peregrinar y buscar, siempre marchándome lo mas lejos posible

de la tradición de mi tierra "El cristianismo". Me toca reconciliarme con él.

Casi me pierdo con el Cristo Cósmico de la nueva era, que de nueva no tiene nada.

Así que ahora voy a buscar a las mujeres místicas y espirituales del mundo cristiano.

Que fuerte....no esta nada de moda ¿Verdad?

Aquí os dejo a esta mujer , visionaria y hermosa, que desde su  empatía y

bondad infinita, visionó muchos momentos de la vida de JESUCRISTO.

Sus libros por si os apetece profundizar y conocerla y un extracto de" la Pasión".

https://www.ebookscatolicos.com/libros-de-la-beata-anna-catalina-emmerich/

"La beata Ana Catalina Emmerick (Coesfeld8 de septiembre de 1774 - Dülmen9 de 
febrero de 1824) fue una monja canonesa agustina, mística y escritora alemana. Nació en Flamske, una comunidad agraria, actualmente en la diócesis de Münster, en Westfalia, y murió en Dülmen a los 49 años. Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004. Emmerick es el apellido consignado en Alemania.Desde pequeña decía tener visiones en las que se le aparecía principalmente Jesucristo cediéndole su cruz. Ingresó en un convento de agustinas. Cuando tenía 24 años le empezaron a aparecer heridas sangrantes, estigmas que se hacían visibles periódicamente en Navidad y Año Nuevo. La primera de ellas el 29 de diciembrede 1812.Sus visiones fueron descritas por Clemente Brentano, poeta y novelista del Romanticismo alemán.

"Fuente: Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Catalina_Emmerick

Jesús en el monte de los olivos



Según las visiones de Ana Catalina Emmerich

"I. Jesús en el monte de los Olivos
Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió
del Cenáculo con los once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza
se iba aumentando. Condujo a los once por un sendero apartado en el valle
de Josafat. El Señor, andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a
juzgar al mundo; que entonces los hombres temblarían y gritarían:
"¡Montes, cubridnos!". Les dijo también: "Esta noche seréis escandalizados
por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán
dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea".


Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que
les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y
afectuosos de Jesús. Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de
diversos modos, protestando que jamás lo abandonarían; pero Jesús
continuó hablándoles en el mismo sentido, y entonces dijo Pedro: "Aunque
todos se escandalizaren por vuestra causa, yo jamás me escandalizaré". El
Señor le predijo que antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y
Pedro insistió de nuevo, y le dijo: "Aunque tenga que morir con Vos, nunca
os negaré". Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban
alternativamente, y la tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más.

Querían ellos consolarlo de un modo puramente humano, asegurándole que
lo que preveía no sucedería. Se cansaron en esta vana tentativa,
comenzaron a sudar, y vino sobre ellos la tentación.
Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde fue conducido
preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un rodeo.
Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo. Desde el
Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de legua, y otro
tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús en los últimos días
había pasado algunas noches con sus discípulos, se componía de varias
casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado de un seto, adonde no
había más que plantas de adorno y árboles frutales.

Los Apóstoles y algunas
otras personas tenían una llave de este jardín, que era un lugar de recreo y
de oración. El jardín de los Olivos estaba separado del de Getsemaní por un
camino; estaba abierto, cercado sólo por una tapia baja, y era más pequeño
que el jardín de Getsemaní. Había en él grutas, terraplenes y muchos
olivos, y fácilmente se encontraban sitios a propósito para la oración y para
la meditación. Jesús fue a orar al más retirado de todos.

Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos.
La tierra estaba todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo.
El Señor estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos
estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que
se quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó
consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos. Estaba
sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le
preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan
abatido. "Mi alma está triste hasta la muerte", respondió Jesús; y veía por
todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes cargadas de
figuras terribles. Entonces dijo a los tres Apóstoles: "Quedaos ahí: velad y
orad conmigo para no caer en tentación". Jesús bajó un poco a la izquierda,
y se ocultó debajo de un peñasco en una gruta de seis pies de profundidad,
encima de la cual estaban los Apóstoles en una especie de hoyo. El terreno
se inclinaba poco a poco en esta gruta, y las plantas asidas al peñasco
formaban una especie de cortina a la entrada, de modo que no podía ser
visto.

Cuando Jesús se separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de
figuras horrendas, que lo estrechaban cada vez más. Su tristeza y su
angustia se aumentaban; penetró temblando en la gruta para orar, como un
hombre que busca un abrigo contra la tempestad; pero las visiones
amenazadoras le seguían, y cada vez eran más fuertes. Esta estrecha
caverna parecía presentar el horrible espectáculo de todos los pecados
cometidos desde la caída del primer hombre hasta el fin del mundo, y su
castigo. A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían venido Adán y
Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en esta misma gruta
habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al entregarse a la divina
justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía volver su Divinidad al
seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en su pura, amante e
inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la sacrificaba a las
angustias y a los padecimientos.

Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza,
todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda
su fealdad interior; los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la
justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás,
que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal,
se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez
más horribles, gritaba a su santa humanidad: "¡Como!, ¿tomarás tú éste
también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?".
Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo vi también
los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi salir hacia mí como
un río en donde todas mis culpas me fueron presentadas. Al principio Jesús
estaba arrodillado, y oraba con serenidad; pero después su alma se
horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables de los hombres y de su
ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó
diciendo: "¡Padre mío, todo os es posible: alejad este cáliz!". Después se
recogió y dijo: "Que vuestra voluntad se haga y no la mía". Su voluntad era
la de su Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de la
humanidad temblaba al aspecto de la muerte.

Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la
malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que le
oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al
aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la figura de
espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos; inundábalo
el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó, temblaban sus
rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y
estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la cabeza. Eran
cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado de
sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió a la izquierda de la
gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos, fatigados de tristeza
y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre cercado de angustias
que el terror le hace recurrir a sus amigos, y semejante a un buen pastor
que, avisado de un peligro próximo, viene a visitar a su rebaño amenazado,
pues no ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en la
tentación. Las terribles visiones le rodeaban también en este corto camino.
Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y
de inquietud, y dijo: "Simón, ¿duermes?". Despertáronse al punto; se
levantaron y díjoles en su abandono: "¿No podíais velar una hora
conmigo?". Cuando le vieron descompuesto, pálido, temblando, empapado
en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no supieron qué
pensar; y si no se les hubiera aparecido rodeado de una luz radiante, lo
hubiesen desconocido. Juan le dijo: "Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a
los otros discípulos? ¿Debemos huir?". Jesús respondió: "Si viviera,
enseñara y curara todavía treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo
que tengo que hacer de aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos
dejados allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse:
caerían en tentación, olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al
Hijo del hombre transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero
vela y ora para no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la
carne es débil".

Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su
naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad. Les habló
todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se
volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las manos
hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y se
preguntaban: "¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un abandono
completo?". Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos de ansiedad y
de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de hora y media,
desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En efecto, dice en la
Escritura: "¿No habéis podido velar una hora conmigo?". Pero esto no debe
entenderse a la letra y según nuestro modo de contar. Los tres Apóstoles
que estaban con Jesús habían orado primero, después se habían dormido,
porque habían caído en tentación por falta de confianza. Los otros ocho, que
se habían quedado a la entrada, no dormían: la tristeza que encerraban los
últimos discursos de Jesús los había dejado muy inquietos; erraban por el
monte de los Olivos para buscar algún refugio en caso de peligro.

Había poco ruido en Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en
los preparativos de la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús,
que andaban y hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen
algún acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de
Cleofás, María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de
María, madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso
venir al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de
Arimatea, y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para
tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones
de Jesús en el Cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos
conocidos suyos, y no habían oído que se preparase ninguna tentativa
contra Jesús: decían que el peligro no debía ser tan grande; que no
atacarían al Señor tan cerca de la fiesta; ellos no sabían nada de la traición
de Judas. María les habló de la agitación de éste en los últimos días; de qué
manera había salido del Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a
Aquél: Ella le había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición. Las
santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.

Cuando Jesús volvió a la gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con
el rostro contra la tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su
Padre celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres
cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones
todos los dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle
cuál era la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había
desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer
pecado; la significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles
efectos sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la
significación de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le
mostraron, en la satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un
padecimiento de cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a
la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del género humano debía
ser satisfecha por la naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de
Dios. Los ángeles le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo
percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede
expresar el dolor y el espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista
de estas terribles expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor
de sangre salió de todo su cuerpo.

Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en esta inmensidad
de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de compasión;
hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban ardientemente
consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo como una
lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor
que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se retiraba al
Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los padecimientos que la
voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de Él. Vi esto en el
momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en ese instante algún
alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor cuya
alma iba a sufrir nuevos ataques.

Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos combates por su
abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un
nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al
sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se
hizo esta terrible pregunta: "¿Cuál será el fruto de este sacrificio?". Y el
cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a los
ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus
discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a
medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y
renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la
frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la
mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de
todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos
actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de
esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de
padecimientos indecibles.

Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del
mundo, todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia;
todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de
Santos; los corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban
como si a sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido
como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin
costura de la Iglesia; muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban:
muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban la cabeza en
señal de desprecio; evitaban la mano que les tendía, y se volvían al abismo
donde estaban sumergidos. Vio una infinidad de otros que no se atrevían a
dejarlo abiertamente, pero que se alejaban con disgusto de las llagas de su
Iglesia, como el levita se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se
alejaban de su esposa herida, como hijos cobardes y sin fe abandonan a su
madre cuando llega la noche, cuando vienen los ladrones, a los cuales, la
negligencia o la malicia ha abierto la puerta. El Salvador vio con amargo
dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los
tiempos; juntaba las manos, caía como abrumado sobre sus rodillas, y su
voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de
sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía de su
cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio de su abandono, miraba alrededor
como para hallar socorro, y parecía tomar el cielo, la tierra y los astros del
firmamento por testigos de sus padecimientos. Como elevaba la voz los tres
Apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro
detuvo a los otros dos, y dijo: "Estad quietos: yo voy a Él". Lo vi correr y
entrar en la gruta, exclamando: "Maestro, ¿qué tenéis?" . Y se quedó
temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le
respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había
respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se
aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí
gritar: "Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh Padre
mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad se haga y
no la mía!".

En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo
diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de
pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una
multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de
la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una
corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía
desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los
tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las
cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido
como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan
pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud
que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba
a todos lo que derribaba.

Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que
maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento.
Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada
Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la
negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la
adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el
error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres,
ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la
verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír
sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la
espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros
mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de
una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos
sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar
también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que
creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento,
pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es
decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que
sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el
polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos
deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza
verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de
vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte
interior.

Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a
Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los
autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la
diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos,
sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o
indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo
de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia,
rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba
con ternura, y gemía de verlos perderse.

Vi las gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. Después de la
visión que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los
Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas
en la misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o
quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y despertaron.
Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de ellos, con la cara
pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues estaba muy
desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole por los
brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al
día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo llevarían ante un
tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la muerte más cruel.
No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les había
causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver a la gruta, no
tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y volvieron cuando
entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.
Durante esta agonía de Jesús, vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de
amargura en casa de María, madre de Marcos. Estaba con Magdalena y
María en el jardín de la casa, encorvada sobre una piedra y apoyada sobre
sus rodillas. Había enviado un mensajero a saber de Él, y no pudiendo
esperar su vuelta, se fue inquieta con Magdalena y Salomé hacia el valle de
Josafat. Iba cubierta con un velo, y con frecuencia extendía sus brazos
hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús bañado de un
sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quería limpiar la
cara de su Hijo.

En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de
Getsemaní, conversaron entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban
dudosos, sin ánimo, y atormentados por la tentación. Cada uno había
buscado un sitio en donde poderse refugiar, y se preguntaban con
inquietud: "¿Qué haremos nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos
dejado todo por seguirle; somos pobres y desechados de todo el mundo;
nos hemos abandonado enteramente a Él, y ahora está tan abatido, que no
podemos hallar en Él ningún consuelo".

Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia de su
naturaleza humana, y abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el
abismo se abrió delante de Él, y los primeros grados del limbo se le
presentaron. Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los
parientes de su Madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo
inferior, con un deseo tan violento, que esta vista fortificó y animó su
corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos.
Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del
antiguo mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los
bienaventurados futuros que, juntando sus combates a los méritos de su
Pasión, debían unirse por medio de Él al Padre celestial. Era esta una visión
bella y consoladora. Vio la salvación y la santificación saliendo como un río
inagotable del manantial de redención abierto después de su muerte.

Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y las mujeres, todos los mártires,
los confesores y los ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de
religiosos, en fin, todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su
vista. Todos llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona
diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los
padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido la
gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda su
fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión
con los méritos de Jesucristo. Pero estas visiones consoladoras
desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi
todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas hasta
las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis
meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos,
los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el tribunal
de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la
condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la Verónica, la
crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María, la Magdalena y
de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue presentado con las más
pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo voluntariamente, y a todo se
sometió por amor de los hombres.

Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un
moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con
más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad
reinaba en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como
un sacerdote, y traía delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz,
semejante al de la Cena. En la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada
del grueso de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin bajar
hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó, le
metió en la boca este alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño
cáliz luminoso. Después desapareció.

Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus padecimientos y recibido
una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos en la gruta, en una
meditación tranquila, dando gracias a su Padre celestial. Estaba todavía
afligido, pero confortado naturalmente hasta el punto de poder ir al sitio
donde estaban los discípulos sin caerse y sin sucumbir bajo el peso de su
dolor.

Cuando Jesús llegó a sus discípulos, estaban éstos acostados como la
primera vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les dijo que no
era tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. "Ved aquí a hora en
que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores, les dijo;
levantaos y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no haber nacido".
Los Apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud.
Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a
llamar a los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró a cierta
distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de
hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le
había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les recomendó que
consolaran a su Madre, y les dijo: "Vamos a su encuentro: me entregaré sin
resistencia entre las manos de mis enemigos". Entonces salió del jardín de
los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los soldados en el
camino que estaba entre el jardín y Getsemaní."