NOSOTRAS

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Arte:Susana Khabbaz

martes, 6 de febrero de 2007

EL REGRESO DE LA DIOSA



Por Sandra Román.

“La mayoría de los científicos, por conveniencia social, adoran a un Dios; aunque no puedo comprender por qué la creencia en un Dios Padre como autor del universo y de sus leyes, parece menos anticientífica que la creencia en una Diosa Madre inspiradora (...)”
Robert Graves, “La Diosa Blanca”.

Los descubrimientos arqueológicos de principios de siglo removieron mucho más que los escombros de antiguas ciudades para sacar a luz sus tesoros: escarbaron en los cimientos mismos de la sociedad moderna.
Arqueólogas como María Gimbutas estuvieron entre las pioneras en alzar la voz contra sus colegas masculinos que aseguraban que las figuras femeninas encontradas eran simplemente “objetos de adorno”. Ella sabía que en las inquietantes dóminas esculpidas en arcilla o piedra escondían algo mucho más valioso. Sin duda se trataba de instrumentos de uso ritual que ponían al descubierto una verdad no muy apreciada por los hombres que ejercen poder: el reconocimiento de que en el principio de los tiempos la humanidad rendía culto a una Deidad Superior Femenina: La Diosa, La Luna, La Madre Tierra, e incluso para algunos pueblos, “La Madre Sol”.
La mayoría de estos descubrimientos se hicieron coincidentemente en una época donde los movimientos feministas que reclamaban igualdad de derechos entre hombres y mujeres estaban en plena efervescencia. Hoy, la mujer ocupa un mejor lugar en la sociedad y muchos piensan que el feminismo ha dejado de tener sentido. Sin embargo, tantos años de dominación patriarcal han dejado huellas muy profundas no solo en la psique femenina sino que ha afectado también el “lado femenino de los hombres”, lo que Carl Gustav Jung llamó “ánima”.
Las Venus de Willendorf, Menton y Lespugne, así como las sacerdotisas con cabeza de pájaro encontradas en la Mesopotamia, Egipto y Chipre, por citar solo a algunas, regresaron de su largo exilio para reclamar una sabiduría que fue relegada durante milenios. Para la analista jungiana Jean Shinoda Bolen, la pérdida del paraíso fue en realidad la pérdida de la “Madre”, lo cual se consolidó en una pérdida de nuestra naturaleza mítica cuando la Inquisición mandó quemar aproximadamente a unos 9 millones de mujeres, en lo que fue el genocidio más grande en la Historia de la Humanidad.
Desde el punto de vista psicológico el estudio de la mitología aporta avances significativos en las terapias de salud mental. Jung fue el primero en notar que las personas formamos parte de una misma naturaleza mítica y compartimos los mismos símbolos al descubrir el “inconsciente colectivo”, esa especie de “caja negra” donde almacenamos cada ínfimo átomo de información producida desde las primeras manifestaciones de vida hasta nuestro mundo actual.
Sembrando en la gente el terror de ser considerados “brujos” por creer en algo diferente a los cánones oficialmente permitidos por la iglesia, fueron matando también a los dioses o lo que según Jung fue algo mucho peor: convirtieron a los dioses en enfermedades al relegarlos a vivir en el interior de nuestro inconsciente.
Para demostrar la validez de los descubrimientos de Jung basta con bucear un poco en la historia mítica de culturas que se desarrollaron sin ningún contacto entre sí, a miles de kilómetros de distancia o separadas por siglos de diferencia, como en el caso de las que se dieron en el antiguo Egipto y en la América anterior a los viajes de Colón.
Resulta sorprendente al analizar los códices mayas, el “Borgia” por ejemplo, donde se describe a una serie de deidades que guardan estricta relación con las etapas en la vida de una mujer, donde está presente la Triple Diosa.
Para los Quichuas, la deidad máxima es la Pacha Mama, protectora de los cerreros peruanos, bolivianos, y del nordeste Argentino. Adán Quiroga aporta que “Pacha” significa universo, mundo, tiempo, lugar, mientras que “Mama” es madre. “La Pacha Mama, agrega, es un dios femenino, que produce, que engendra. Su morada está en el Carro Blanco (Nevado de Cachi), y se cuenta que en la cumbre hay un lago que rodea a una isla. Esta isla es habitada por un toro de astas doradas que al bramar emite por la boca nubes de tormenta.
Como Madre Tierra, la Pacha Mama puede vincularse a la griega Gea, la africana Ngame, las célticas Banba (Madre Tierra), Cailleach (la vieja sabia que domina el invierno y mora en los paisajes nevados y en las altas cumbres) y hasta la Dama del Lago, quien guarda a la mítica Excalibur del rey Arturo en la isla de Avalon (formada por una montaña en medio de un lago). El toro puede bien relacionarse con el Minotauro escondido en el laberinto de Cnossos, en Creta, con la irlandesa pre-céltica Bridget (que fue primero una “diosa–vaca” y luego devino en la católica Santa Brígida), el toro rojo de la reina Maev y con la egipcia Hathor, la diosa con la luna llena en medio de sus cuernos de vaca (Isis también los ostentaba).
Alfredo Moffat, agrega que "respecto a las teorías explicativas de la naturaleza y de las religiones nativas, la técnica metabolizadora del sistema de poder ha re-formulado la metafísica originaria de nuestras poblaciones nativas; la Iglesia Católica ha ido llenando en nuevos moldes católicos y europeos las antiquísimas estructuras míticas de nuestro pueblo no-europeo”.
Para el analista argentino, “un ejemplo típico de este re-moldeo de mitos lo constituyen las fiestas anuales de celebración de la Virgen María en Salta y Jujuy, donde, pese a la imagen de la virgen y al sacerdote que guia la columna, la ceremonia corresponde más a los rituales indígenas de la Pacha Mama que a la europea Virgen María, pues el consumo de coca y alcohol, el regar con aguardiente y el enterrar ofrendas de comida alrededor de la imagen, corresponde al culto pagano-indígena de la Pacha Mama y no al ritual cristiano-europeo de la Virgen que no tiene relación con las ceremonias de fecundidad de la tierra, y mas bien niega toda idea de fertilidad, pues consagra a la virginidad como propuesta. Propuesta que, por otra parte no tiene sentido en la cultura quechua, que por el contrario, tiene instituciones pre-matrimoniales como el "irpa-Sirse" (casamiento de prueba) que anulan el valor de la virginidad. Esta está evidentemente relacionada con el concepto de propiedad privada, que no existe tampoco en las organizaciones comunitarias indígenas, verdaderas cooperativas de trabajo".
“Cuando los humanos dejamos de adorarla (a la Diosa) también perdimos nuestra relación con la tierra –asegura Shinoda Bolen en su libro “El Viaje a Avalon”-, dejamos de respetar el ciclo de las estaciones y de la vida en general (...) Las consecuencias de esta pérdida de contacto con el Grial o la Diosa suelen ser la depresión y la sensación de carencia de sentido. Para que la tierra baldía personal de cada individuo recupere su vitalidad debe restablecerse una relación vital con la Madre Naturaleza, la Diosa Madre es el Arquetipo de Madre en su aspecto positivo”.
Los antiguos griegos solían decir respecto de sus dioses: “piden poco, solamente que no los olviden”