NOSOTRAS

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Arte:Susana Khabbaz

jueves, 8 de febrero de 2007

VOLVER A NACER



Volver a nacer, lo más natural

Carlos Fresneda

Confieso que me asusté cuando Isabel me dijo que quería tener el niño en casa. Ella había leído mucho sobre el tema y había conocido a madres que tuvieron sus hijos por parto natural, pero yo seguía teniendo esa visión traumática y hospitalaria del nacimiento que uno va mamando por lo que le cuentan y por lo que ve en televisión. Los temores se fueron pasando sobre la marcha, gracias a la entereza de Isabel, a nuestra comadrona y a los que fueron contribuyendo a nuestra formación como padres. Porque el miedo atávico que nos inculcan es fundamentalmente eso: ignorancia. Ni los médicos ni los libros convencionales te dicen que nueve de cada 10 partos deberían ser «naturales», y que las complicaciones surgen a veces por ese empeño en levantar una barrera tecnológica entre la mujer y sus instintos, y que lo que debería ser excepcional (cesáreas, episiotomías, fórceps) acaba siendo, por desgracia, la regla.

En este tipo de parto, la mujer propone y dispone, y la matrona y todos los demás intentamos adaptarnos a las circunstancias... Más de 14 horas duró el nacimiento de nuestro primer hijo, Miguel, e Isabel tuvo la total libertad de moverse por la casa, buscando los rincones y las posturas que mejor le ayudaban a capear el dolor de las contracciones.

Pese a todo lo aprendido y lo leído, admito que tardé tiempo en encontrar mi sitio en semejante trance, pero al menos tuve la ventaja de moverme en un terreno familiar, sin intromisiones ni extraños. Aún recuerdo el subidón de adrenalina, y la misteriosa fuerza que se fue apoderando de mí conforme se acercaba el momento. Isabel decidió empujar al final en el dormitorio, agachada en el suelo y apoyándose en mí, sentado en una silla a sus espladas. Sin acabar de creérmelo pude ver la cabecilla peluda de Miguel desde atrás, según caía en manos de Cara, nuestra comadrona.

Nunca llevé bien eso de ver la sangre, pero en aquella situación hasta la salida de la placenta me pareció la cosa más natural. No me tembló el pulso a la hora de cortar el cordón umbilical, minutos después. Sí recuerdo las lágrimas de emoción viendo los ojillos entreabiertos de Miguel, mamando con fruición su primer calostro.
En casa teníamos un recuperador de oxígeno y un equipo de urgencia que trajo consigo Cara, pero todo discurrió por la senda de la normalidad. En ningún momento tuvimos la sensación de peligro, ni de sentirnos desvalidos. Todo lo contrario: la atmósfera cálida de nuestra casa ayudó a crear ese clima que no hubiera sido posible en ningún otro lugar. Nos bastó con la ayuda de una amiga, Oliva, que ese mismo día —en palabras suyas— tuvo la impresión de «volver a nacer».

Dos años después tuvimos a Alberto, que nació sin premeditación en la bañera, como bien sabe él. Todo fue esta vez mucho más rápido y fácil, cuestión de un par de horas. Recuerdo que me fui al cine, volví a casa e Isabel me informó con pasmosa tranquilidad: «han empezado las contracciones». Ahora esperamos el tercero, con la misma comadrona, con la experiencia acumulada y con dos testigos de excepción que saben, por experiencia propia, que nacer en casa es lo más natural.

Carlos Fresneda es corresponsal de EL MUNDO en Nueva York